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viernes, 21 de junio de 2013

El doctor Jekyll, Mister Hyde y los vecinos



“El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (en inglés Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde), a veces titulado El doctor Jekyll y el señor Hyde, es una novela escrita por Robert Louis Stevenson y publicada por primera vez en inglés en 1886.
Trata acerca de un abogado, Gabriel John Utterson, que investiga la extraña relación entre su viejo amigo, el Dr. Henry Jekyll, y el misántropo Edward Hyde.
El libro es conocido por ser una representación vívida de un trastorno psiquiátrico que hace que una misma persona tenga dos o más identidades o personalidades con características opuestas entre sí”.

En cuanto al fútbol, quien escribe dirá que la experiencia de Jekyll y Hyde es terreno popular y propio. Sin que tal fenómeno signifique logro o mérito alguno.

“Hoy tenemos que perder, porque si no nos vamos a ir al descenso la próxima fecha, contra ellos”. Con esa arenga mamá nos despidió a mí y a mi hermano la tarde que jugamos contra Racing de Córdoba a fines de 1983. Y perdimos nomás, hubo una batalla en el Presidente Perón, una catarsis como pocas veces sentí en la piel, con miedo. Al otro día Clarín Deportivo tituló: “Racing se va con drama” e ilustró la portada con la foto con Mario Rizzi, el “9” de aquel equipo, llorando en el túnel.

Pocos días después Independiente derrotó a Racing -ya descendido- y fue campeón.

Mi vieja fue una adelantada –pacífica- a estos tiempos donde la realidad, agitada por los medios y redes sociales. Allí se pontifica que el dolor del rival cotiza tanto como una alegría propia. “¿Perdimos? ¿Y ellos también? Empatamos”, decía Norma. También apelaba al pensamiento mágico de considerar que si jugaba Independiente contra Boca, su deseo era una derrota para ambos, aunque fuera imposible. Se conformaba y nos arropaba así.
Y mientras las páginas gloriosas de Racing quedaban enmohecidas en las vitrinas, Norma nos reclutaba tácitamente para hinchar por todos los rivales del Rojo.

Como hijo, más de treinta años después y aún en la piel del reflexivo Doctor Jekyll no puedo analizar objetivamente aquellas semblanzas que Norma me legó. Y no era violenta, era “tana” por elección y vocación, con temperamento era de muzzarella derretida. Apuesto a que hoy se pondría a llorar al ver que gran parte del “leit motiv” futbolero es la violencia. Que importan más los barras/mercenarios que los jugadores. Que desde hace años casi no se habla del juego y vale más cantar “no existís” que festejar una pisada o un caño. 

Si los más osados se animan a caminar las calles luciendo la camiseta de su club son blancos móviles de matones. Aunque sean niños los que llevan la casaca que es parte de su ADN.

Pertenezco a una de esas generaciones donde Racing e Independiente se identificaban hasta con orgullo, de ser “Los Vecinos”, a razón de la cercanía de los dos estadios de Avellaneda.
“Vecinos”, un término que pasó de moda arrasado por la violencia que no sólo se expresa a los tiros sino también arrojando paquetes de azúcar, o desde el video donde una estrella de rock cantó hace algunos años: “¡Racing, te vamos a volver a mandar a la B!”

Incluso desde las tapas de diarios que después se sorprenden de la violencia a la que ellos mismos invitan. Aún en los canales de televisión de perfil “serio” donde hay micrófonos y cámaras para que los hinchas descarguen groserías al "enemigo". Siempre al amparo del “folclore”. ¿Qué diría Atahualpa Yupanqui sobre la violencia que incluso aplica la Policía para tratar a los hinchas sin tarjeta VIP.  Yupanqui es sinónimo de folclore como el fútbol “la expresión cultural de un pueblo”, y allí subyace la violencia.

Desde el almíbar de las letras podría, como Jekyll y sin mentir, comentar que Ricardo Enrique Bochini es uno de los mejores jugadores que vi en mi vida. Sí, Bochini el que jamás se burló de Racing siendo quien le asestó miles de estocadas. Que Hugo Villaverde y Enzo Trossero escribieron páginas gloriosas en cuanto a la sincronización de los zagueros. Que soy vecino de Carlos Cecconato, aquel de la formación histórica junto a Micheli, Lacasia, Grillo y Cruz. Que tuve, integrando el equipo del Banco Río a Claudio Marangoni -ese “5” de frac y bastón- como entrenador. Compartir prácticas, pases, jugadas con él me hizo disfrutar una aproximada vivencia al sueño no cumplido de jugador. 

En mi faz oscura aparece Hyde, acuñando las peores temporadas de Racing en contraste con las glorias Rojas. Blanco de las cargadas más reiteradas, obvias, de poco ingenio que me propinaron conocidos del barrio, de mis trabajos, de los lugares donde estudié.
Desde Hyde consideré la posibilidad de colgar pasacalles frente a la casa de dos bernalenses. Los mismos que por décadas me tiraron sal sobre las heridas. Ahí justo sobre el dolor de las derrotas, decenso, la quiebra institucional y el ser conciente de que mi equipo -durante años- no jugó a nada.  El texto de esos carteles clandestinos, sin fantasmas ni escudos, tendría una pregunta: “Decime: ¿qué sentís ahora?” No lo hice y no por virtud.

Aprecio que si pretendo considerarme "periodista" corresponderá enfocar, como lo haría Jekyll, otro prisma. Desde allí citaré algunos nombres de hinchas Rojos con breves referencias. Federico Minig, por ejemplo, que me agasajó junto a su hermano Patricio en el cumpleaños más triste de mi vida, allá por 2008. A Rubén, el chofer del remís que tantas tardes me saca de algún apuro. A Fernando Alonso, uno de esos jefes que respalda a su tropa hasta poner la mano en su bolsillo para cubrir alguna emergencia no sólo de viáticos. A Diego Silber, Matías Scilabra, El Elías ‏(@Templario_14) amigos que Twitter me regaló, a mi vecino René Asán y su hijo Diego, al Tincho De Vedia y Mitre, a Julián Pastore y su familia, a Gabriela Granata, a Claudio Keblaitis, historiador y dirigente de Independiente que montado en su coraje -sin medir riesgos- acompañó a Javier Cantero. Y a ese padre anónimo que el sábado mostró la Televisión Pública llorando, aferrado al alambrado junto a su hijo.

Con ellos se puede aprender que lo esencial es indiferente a nuestras camisetas y que 90 minutos de fútbol, no cambian lo que vale realzar. Léase, elevar la vara, profundizar la comprensión. No es sencillo, sí aconsejable. Implica resistir la tentación al desquite para no convertirnos en Hyde o empatar con quienes disfrutan de propinar la gastada cruel que definirá, inexorablemente, un escenario “A lo Pirro”.

Descendió Independiente. Si en 1983 cuando le tocó a Racing algún viajante del Tiempo me hubiera dicho: “No llorés, dentro de 30 años se van ellos” no le hubiera creído.

Y para terminar, algo de humor, leí en Internet esta reflexión de un hincha de Boca: “Que los de River, San Lorenzo, Independiente y Racing se carguen entre ellos por el descenso, semeja un grupo de maridos -todos engañados- burlándose entre ellos por la infidelidad de sus parejas”.


Postdata: Agradezco al prestigioso colega Jorge Viale la sugerencia decisiva para haber podido escribir este posteo.



viernes, 1 de marzo de 2013

Una derrota clásica




A una semana del clásico de Avellaneda subyace la sensación de que los hinchas de Racing hemos tenido otra oportunidad para elegir entre la razón, el infortunio y la idiotez ante una derrota.

A la hora de las pruebas quien suscribe coloca en caja los años vividos al compás de las goleadas históricas que nos propinaron con buen juego Ricardo Bochini y Asociados, ocurrió desde los setenta hasta que Pablo Erbín -sin ART mediante- decidió el retiro de ese volante inolvidable, milagro de talento en un envase petiso sin músculos o aditivos. 
Tampoco será excusa que el juego desplegado por este equipo de Américo Gallego está lejos del ballet donde las formaciones del CAI saltaban de memoria, en la prehistoria del Google. Pero en este último clásico los Rojos además de algunos pases cortos prolijos le pusieron corazón. Léase alma, no patadas ni trampas.
En este juego, como con Vélez en Liniers, nuestros vecinos asumieron el momento histórico y no feliz que les toca vivir. Pusieron el pecho, la defensa y un salpicón de voluntades para tratar de darle algún pase a la red.
El Racing que se vio sobre la cancha está lejos de ser considerado una mínima mueca.

“El arbitraje determinante”, al que refirió horas después de la derrota el entrenador Luis Zubeldía, en la misma línea del juego de las lágrimas que desató en la previa, califica a este Racing en toda su dimensión desconocida. Con urgencias económicas y desatinos dirigenciales en pos de la prolijidad maquillada para los casos de Centurión, Hauche y otros. Circunstancias que se pagan con o sin financiación.

Nos pareció más determinante la condena a la soledad o a cazar algún revoleo con la que se ejecutó a Sand, el traje de Rambo que se le improvisó a Vietto, la superpoblación de “cincos” distintos y confusos del mediocampo académico. Y terció otra frase mendaz de los responsables tácticos “la presión la tienen ellos”.

El ejercicio reiki con el cual intento alejarme del sentir racinguista para abordar otros problemas más delicados falló una vez más. Soy de Racing desde antes de aprender la tabla del dos. Y la tristeza se explica, no por la derrota en sí -previsible- sino por la forma en la cual se concretó. Sin atenuantes, reacciones o una mínima apuesta al juego.

Para algunos de los que ya pasamos el medio siglo, la certeza sobre la ventaja estadística de Independiente sobre Racing tiene fundamentos lógicos e históricos.

Lo que no nos quita una esperanza hacia futuras victorias “clásicas”,  jugando bien.

Perder tiene mil formas, ninguna feliz, pero las hay dignas y aunque nos resulte imposible copiar el estilo del Barcelona, convendría tomar apuntes de algunas de sus actitudes.

Justamente esa palabra, actitud, que no significa violencia sino atreverse.

viernes, 21 de diciembre de 2012

La juventud encontrada






Nicolás Días y Martín Lionello, ingenieros de la Universidad de Quilmes.



Abracé al flamante ingeniero Nicolás Días con la emoción de quién estrecha a un ídolo. Dicen que los ingenieros son poco afectos a la expresión corporal sensible. Sólo mitos erróneos para considerar que ellos en su capacidad de cálculo, análisis y proyección prescinden del sentimiento. En realidad muchos ingenieros saben contener esos torrentes para llegar a buen puerto y habíamos abrazado a uno de ellos.

Ante preguntas tales como “dónde está la noticia”, “el truco” o “la anécdota” o frente a quienes sacan pecho para sentenciar que "la mayoría de los abrazos son emotivos" y además "es fútil el rescate de las buenas nuevas" diremos que no compartimos el ejercicio estoico. Quizás para otros las bocanadas de aire se magnifican en el exhibicionismo de las redes "antisociales". Sólo diremos que la historia de Nicolás merece luz pública.
Hecha la salvedad descontamos que quienes ya lo conocen serán nuestros "cómplices".

Hace nueve años en la Costa Atlántica Bonaerense Nicolás me decía que ésas serían sus últimas vacaciones antes de ingresar a la Universidad. “No sé cuándo volveré a una playa tío” y acomodó su plato del postre. Compartíamos con su hermana Victoria y mi hijo Juan Pablo, la sobremesa en el restaurante de un hotel de San Bernardo.

Nicolás no hizo ese comentario con tristeza o nostalgia, sólo anticipó sus pasos, muy sereno. Ninguna coincidencia al recuerdo -con humor- de cuando 20 años atrás jugaba conmigo al "World Trophy Soccer" en la Play Station. Allí en su apetencia por la victoria supo desenchufar la máquina cuando el resultado o el trámite del partido no lo favorecían. ¡Vaya si hizo escuela! Meses después también jugando con esa máquina mi hijo se quedó con el cable en la mano, mirándome con los ojos desorbitados, la sonrisa nerviosa. 
Satisfecho al fin de haber dado por terminada la competencia...

Regresemos a la huella de Nicolás, porque ese berrinche de niño es más que un detalle. Allí tomó una señal para germinar y anotó en su memoria los objetivos: no jugaría conmigo a la "Play" hasta contar con la seguridad de que sus posibilidades de triunfo rozarían el 90%. Y cumplió.
Así también se defendió de la vida muchísimas veces, con inteligencia, palpando el sentimiento. Dejó brotar alguna lágrima pero sujetó la emoción. Nicolás creció en barrios “delicados” del sur del Gran Buenos Aires, entre otros chicos, esos que en una escala de valores comprensible, se alejan del verbo aprender mientras flotan o se pierden en los límites de las reglas de los juegos de "altísimo riesgo" y de la injusticia social.

A Nicolás no lo sorprendían, ni lo sorprenden algunas noticias que se ven en la televisión. Cursó desde pequeño la materia “Realidad”. ¿Un breve ejemplo? Cierta mañana lucía su camiseta de Racing mientras caminaba por Dock Sud. Tuvo que rescatarlo su mamá de unos imbéciles, grandulones y aspirantes a barras brava que intentaron agredirlo. El chico tenía once años pero su sabiduría lo templó para alejarse de las salidas "fáciles" como creer que "a ésos hay que matarlos a todos”.

Nicolás sorteó cada escollo, solo perdió algo de paciencia cuando familiares, amigos, vecinos o conocidos lo requerían para que “le pegara una mirada a su computadora” o “se fijara si podía hacer correr un programa”. Algún rezongo en resoplidos, nada más. 

Coleccionamos alguna de sus sonrisas: jugando con amiguitos en el Barrio Pepsi de Bosques de visita en la casa de sus abuelos Mario y Yuyi, bailando en el casamiento del Tío Yuyo, el día que tomó la Comunión o corriendo por la arena en San Bernardo. Desde esa playa Nicolás reservó sonrisas para los momentos exigentes hacia una meta. “Tengo que estudiar tío, ¿qué se puede hacer sin aprender en esta vida?” me preguntó.

Nicolás fue, es y será un torrente de buenas noticias en mi vida, más allá de los contactos esporádicos que podamos tener. Tal falta de asiduidad no le impidió tomar un compromiso de honor: “Tío, le hablo siempre a tu hijo sobre la importancia de estudiar. ¡Quedate tranquilo que  te ayudo!” Atesoro ese gesto.

En el mismo tono amable rindió su último examen en la Universidad de Quilmes, y explicó junto a su compañero Martín Lionello –de Florencio Varela- un proyecto que desarrollaron durante dos años. Fue la tesis acuñada por dos pibes de barrio que aceptaron un desafío superior al “Sueño Americano”. Durante casi una hora y media ofrecieron su investigación a los profesores. Con proyección de imágenes, un prototipo, punteros láser y calidez. Sí, diríamos con ternura para hablar de megabytes, chips, circuitos y otros elementos.

Dos chicos que en menos de una década pasaron del “Family Game” a la “Ingeniería de la Automatización y Control Industrial”. ¡Vaya si aprobaron cada escala!

El epílogo nos permite deslizar una amable invitación: evitemos la generalización en cuanto a que "la juventud está perdida”. Resistimos a ese facilismo y citaremos una de las últimas respuestas de Nicolás a la mesa examinadora como prueba de "conciencia social". Se lo consultó sobre la alternativa de desarrollar dispositivos o controles más exigentes para su prototipo. Palabras más palabras menos, sin bajar la mirada y sonriente Nicolás dijo: “Sí claro, existen otros sistemas de verificación, pero para nuestro presupuesto eso era inalcanzable. Aún así los controles están...”

Segundos después vibró el aula 213 de la Universidad quilmeña. Allí -donde por una sana y generosa decisión de sus autoridades- familiares, compañeros y amigos pueden asistir al último examen de los estudiantes. Fue un telón con emoción, lágrimas y un largo aplauso. 
Nicolás Días y Martín Lionello alcanzaron una gran meta.

Ya son ingenieros, agregaron otro título a sus vidas, antes ya eran ejemplos diplomados. 

Damos fe.


lunes, 3 de diciembre de 2012

Pulp, no ficción



Jarvis Cocker, la certeza de que el show debe seguir si tiene su calidad.

Desde hace algunos capítulos este blog intenta ser agradecido con algunas personas a las que considero relevantes, no por halago fácil o toque sentimental. Tamizar sus valores me honra tanto como describirlos para el íntimo o ínfimo público que pueda acceder a estos textos.

Hablaremos de Pulp, música y de mi amigo Patricio Minig.

En un recital de rock la diferencia de edad con otras personas late hasta que se apagan las luces y estalla el show. Hasta ese momento te pueden delatar la ropa,  tus arrugas, la falta de cabello o la barba blanca. Aún así es muy raro que alguien te mire “mal”. Ni siquiera en la previa, cuando la celeridad del “paso vivo” hacia el estadio o al teatro hace que todos caminemos pensando en lo que vendrá.
El Pato Minig tiene música en su alma, le llevo varios años, pero no poseo su panorama para el juego de la vida. Digamos que él -si bien fue arquero de Racing  y Quilmes- tiene talentos propios de un enganche, un armador de juego, respira prolijidad. Influyó en mi para tanto para saborear al Barcelona antes de la era Messi, en honor al espíritu “culé”, como para medir con la graduación correcta ciertos desaires. El sale airoso de discusiones de historia, política o geografía. Pasaría horas escuchándolo hablar de la NBA.

El 21N tocó Pulp en el Luna Park, una banda símbolo del "Brit Pop" de los 90. Un mito para muchos de los que tarde o temprano reconocen que los británicos tienen “el toque” para hacer sonar guitarras, bajos, teclados, baterías.  Les es propio, lo saben y lo ejecutan. 
“Nos tenemos que ver el día después del paro” me dijo Minig y casi lo olvidé. O lo que es peor, pensé que me jugaba alguna ironía por las leves diferencias de lectura política que tenemos.
Quien escribe declara bajo juramento -sobre el álbum “Una noche en la ópera” (Queen)- que asistió a conciertos por compromiso o esnobismo. Incluso a veces calculando cuándo terminarían el show apenas los músicos salían a escena. En cambio si la banda hace blanco en mi alma puedo cantar "champurreando" el inglés, también saltar, gritar y llorar. Sin descifrar notas, escalas o tonos.
Minig escribió alguna vez que me admira y me considera una suerte de guía en su labor periodística. ¿Su inconsciente le habrá dicho que la situación es al revés y excede lo ocasional que pueda ser nuestro oficio? El rock también es su forma de ser, habla muy bien inglés por digna herencia: su mamá es profesora del idioma de la Reina. Su papá es músico y hablar de su hermano Federico será un capítulo aparte.

La cuestión es que cuando supe que Pulp tocaría en Corrientes y Bouchard pensé “¡Me encantaría ir!” y me respondí que no podría ser, seré discreto con los motivos que no hacen al relato.
Blur, Pulp y otras bandas nos regresan a los 90 con letras que intuimos propias. No hay error. Pasa, lo verifiqué una y otra vez. En los discos, Jarvis Cocker -jefe de Pulp- sabe muy bien de lo que habla, tiene el tono radial de un locutor destacado, hace brillar el inglés en pronunciación exacta.
Cocker además siempre realza a su banda, pide los aplausos para Pulp en cada show. Sobre el escenario se mueve con más plástica que el mejor Charly García de los ochenta y sincroniza con sus músicos cada acorde. Sus compañeros le regalan escenario y liderazgo.
Fui testigo del crecimiento del Pato Minig, diría que casi siempre supo en qué lugar de la cancha (léase realidad) está su lugar. El sitio exacto para la jugada necesaria. Quizás tuvo fallas que él anotó en su bitácora. Pero doy fe que cuando las sombras rodean el rancho de sus seres queridos él está. Ahora hace dupla de rescate emotivo con su esposa Valeria y se entienden de memoria.
Pulp es mucho más que una banda, refleja la expresión de aquellos que gustan preguntarse "por qué", su canción “Gente Común” es casi un himno y más allá del cambio de siglo su mensaje sigue vigente.
Cocker lo sabe, lo realza sin subestimar a nadie.
A bordo de una cupecita roja conocí las letras de Pulp, cierta vez que el Pato Minig las cantó con Jarvis en el CD y las tradujo para mí. El impacto de saber que esa turista que quería saber cómo vivía la “gente común” era una mueca se grabó a fuego una noche sobre la avenida Mitre entre Domínico y Avellaneda.
Los mismos truenos de ese viaje con Minig & Cocker cantando a dúo se repitió el 21N. "Nos teníamos que ver", porque el Pato me regaló una entrada. Quizás estaba escrito que el Luna Park nos debía tener como testigos. El sentado junto a Valeria, yo en la fila de atrás. Justo para que no me viera llorar, cantar "champurreando" el inglés, entendiendo que un riff se siente con el alma.
El 20 junio de 1998 el Pato Minig -junto a otros- me sacó de una camioneta destruida en Cañada de Gómez.  Le pregunté mil veces dónde íbamos, dónde estamos, había hierros retorcidos, niebla, sangre. Habíamos chocado de frente con un camión. Ibamos a Córdoba a trabajar.
Estuvo allí, estuvo antes, está hoy si uno lo necesita.
No sé si alguna canción de Pulp habla sobre los que no integran la caravana reservada a los “Amigos del  Campeón” o alguna estrofa narra lo que se puede sentir cuando mirás alrededor y alguien en silencio te grita su lealtad, esa que jamás echará en tu cara.
Debería existir ese tema de Pulp, quizás Cocker lo escriba algún día. Hablará del Pato Minig.

sábado, 5 de mayo de 2012

Bilardo



El 24 de abril de 1968 Estudiantes derrotó a Racing 3-0 en La Plata (dos de Juan Ramón Verón y uno de Rodolfo Fucceneco) y obligó a un desempate que se jugó en River para saber quién continuaría en la Copa Libertadores de América. Esa noche televisor mediante tuve mi primer referencia directa hacia Carlos Salvador Bilardo. Roberto Perfumo le pegó al doctor una patada digna de la intervención de un fiscal y el árbitro lo expulsó. Mi abuelo, además de insultos en piamontés descargó su bronca contra una puerta de hierro de la cocina y la rompió.
La herencia futbolera, social, política y de vida de Juan Pablo Viotti, abuelo paterno, es parte de mi ADN. Algo más que un dato. Y desde esa noche de 1968, nobleza obliga, me puse en la vereda opuesta al doctor, con límites que hoy evitaría, no por bajar banderas sino por una concepción más generosa del debate que aprendí de terceros.
“Roberto me pegó a mí, pero yo no le hablé, fue otro compañero. Somos amigos con Perfumo, incluso salimos a cenar a veces con nuestras esposas” me dijo Bilardo en una mesa que compartió a finales de los 90’ con el doctor José Nicolás Carluccio, el Chino Ahuntchain y quien escribe en un hotel de la Capital Federal. La leyenda reza que otro jugador  Pincha le “comentó” a Perfumo un detalle íntimo sobre su esposa y el Mariscal desató su ira incontenible sobre Bilardo.
El almuerzo ni siquiera era parte de una nota, fue una gentileza que tuvo Bilardo para hablar un rato largo. Mi sueño de gestionar/lograr su reconciliación con César Luis Menotti se frustró antes de que pudiera terminar de explicarle la propuesta. “No hay chance” me dijo con esos espacios mínimos que el doctor hace entre palabra y palabra para delicia de sus imitadores.  Y arrancó con otro tema, estaba fresca su aspiración a ser presidente de la Nación. Con la misma obsesión que dibujó jugadas en sobre el mantel, usando vasos y cubiertos. Casi sin espacios entre sus palabras repetía “dignidad, trabajo, seguridad, no es tan difícil. No es imposible” rezaba y movía las manos, cambiando su posición en el asiento varias veces, jugando con su teléfono celular.
Con Carluccio y Ahuntchain el pacto previo fue evitar consultas sobre el bidón de Branco u otros disparos desde mi "menottismo". A esa altura incomodar al anfitrión se daba de bruces no con el periodismo sino con la cortesía. El mozo nos atendía con amabilidad, pero cuando se dirigía a Bilardo lo hacía con devoción. “Está bien pibe, está bien, está todo rico” le decía el doctor y sin pregunta intermedia aclaraba “acá me quieren mucho, son buena gente”.
Supe que la cantidad de preguntas sobre dimes y diretes que podía disparar no tenía sentido y pensé que dentro de la agenda de Bilardo, esa charla era privilegio. Más de dos horas en las que nunca miró su reloj, donde prefirió semblantear qué cosas esperaba de nuestro país, habiendo recorrido el mundo: “dignidad, trabajo, seguridad, no es tan difícil. No es imposible”, repetía. Una obsesión como las que coronó para explicar que alguna vez, “Ruggeri cabeceaba los centros en España, que Burruchaga le pateaba desde Francia”.  Para muchos un disparate para su sector de admiradores una genialidad.
A esta altura del relato dejo constancia sobre el pequeño desafío que me arrojó un joven y prestigioso colega (Pablo Lamédica hoy en TyC) para semblantear alguna impresión sobre Bilardo. De todas las variantes, elegimos esa charla sin entrevista mediante, por el sólo hecho de compartir una mesa, hablar de fútbol y de la vida.
Bilardo sin dudas tiene su lugar en la historia, su trayectoria hasta el presente regó más anédcotas, el Gatorade, el abrazo con Maradona en el Centenario, idas y vueltas, enojos etc. Al fin y al cabo la pregunta de un eventual editor sobre “dónde está la noticia?” debería ser respondida  con una mueca. O también con una subjetividad “no hay noticia, no podemos precisar cuándo el personaje se apoderó de Bilardo o viceversa. No hay noticia”. Y para muestra una referencia más, en ese almuerzo la esposa del doctor lo llamó para comentarle que el piso del altillo donde archivaba cientos de videos (VHS) con miles de partidos había comenzado a ceder. Bilardo terminó la breve charla con su señora y dejó el celular sobre la mesa. También explicó el motivo de la llamada y con pocas pausas entre palabra y palabra ironizó “tenemos un problemita en casa, bueh, bueh, habrá que solucionarlo”.
Nos despedimos agradeciendo la invitación, Bilardo no permitió que ni siquiera dejáramos la propina a su mozo-fan y le sugerí  una vez más “¿No habrá una posibilidad de tomar un café con Menotti, de volver a tener en una tapa a los dos hablando de fútbol como lo reflejó el Gráfico cuando usted se hizo cargo de la Selección?”. “Ninguna chance, bueh, bueh…” respondió.
Pasaron los años, ese almuerzo ocupa un lugar en el estante de las charlas que gratifican como valor agregado nuestro invisible currículum y otro mediodía supe de la internación de Menotti por razones de salud. Pasaron algunas horas y en una entrevista que puso al aire TyC lo escuché al doctor deslizando casi en voz baja, sin pausas entre palabra y palabra. “Espero que él se recupere pronto”.  Valoré esa impronta a la distancia, pensando en aquel “no hay ninguna chance”.
“Dónde está la noticia?” me preguntará un editor ajeno a la  historia de Bilardo. A veces no hay noticia, sólo plasmar la reflexión de que hay blancos, negros, grises y gamas. Y que las noticias son parte de la vida, no su esencia.